sábado, 9 de abril de 2016

Instrumental






"Me violaron a los seis años.
Me internaron en un psiquiátrico.
Fui drogadicto y alcohólico.
Me intenté suicidar cinco veces.
Perdí la custodia de mi hijo.

Pero no voy a hablar de eso.
Voy a hablar de música.
Porque Bach me salvó la vida.
Y yo amo la vida".




Con estas palabras empieza James Rhodes a hablarnos sobre el abuso sexual y el poder sanador de la música clásica.  

Es su propia historia, escrita por él mismo en una sinfonía musical que lleva al lector desde lo más hondo de los infiernos hasta lo más alto del cielo. Sin dar detalles específicos ni mórbidos sobre las violaciones, los lectores nos vamos enterando del desconsuelo de un niño que, como muchos de los que sufren de abuso sexual, no se atreve a pedir ayuda debido a las amenazas del violador -en este caso, su profesor de gimnasia- y crece pensando que así es la vida. 

Con rabia contenida, con rabia liberada, pero también con mucha decisión y valentía, Rhodes nos relata su historia y como fue Salvado -sí, así, con mayúscula- a los siete años de edad por la música clásica, cuando escuchó por primera vez una pieza llamada la Chacona, para violín solista, en re menor, de Johann Sebastian Bach. La versión para piano de Busoni. Ferruccio Dante Benvenuto Michelangelo Busoni, como él mismo lo dice.

El que cada capítulo lleve como título el nombre de una pieza de música clásica es una de las grandes maravillas de este libro. No creo que exista un solo lector que no hayamos recurrido a nuestra colección de música, a internet o a cualquier otro medio para escuchar las piezas que el autor comparte con nosotros. No creo tampoco que exista un solo lector que termine de leer el libro sin, cuando menos, los ojos llenos de lágrimas (algunos, como yo, quizá pasen la última página llorando desconsoladamente de admiración, de rabia, de respeto, de ganas de justicia y, sobre todo de amor, de mucho amor por la música clásica.

Al igual que cuando termina un gran concierto, de esos que han conmovido hasta lo más profundo de mi ser y me han emocionado tanto que me ha faltado el aire para respirar, me levanto de mi silla, aplaudo hasta que me duelen las manos e inclino mi cabeza en reverencia. 

Gracias, James Rhodes. 

domingo, 13 de marzo de 2016

Romper rutinas




Romper rutinas aligera el espíritu. La excusa era válida: una de nosotras iba al médico y había que acompañarla. Nada grave, no se asusten. 

Empezamos a divertirnos desde que nos subimos al carro a las diez de la mañana y nos tomamos una foto para mostrar a las  que no venían con nosotras de lo que se perdían. Nos hubiera gustado pasar el día todas juntas, las ocho, pero esta vez no se logró. El tráfico denso de la ciudad alargó nuestro viaje. Ni eso nos molestó. 


La consulta con el médico fue lo único serio que hicimos ese día. El resto lo dedicamos a comprar mango en bolsa (sin importarnos que la mujer que lo preparaba utilizara la misma mano para pelarlo y cortarlo que para cobrarnos); caminamos por las calles empedradas de Antigua, una ciudad que confunde porque está adormecida y llena de vida al mismo tiempo. Comimos en una terraza y tomamos café en otra. Nos tomamos el "selfie" de ley y visitamos tiendas y viveros.  Si es verdad que las mujeres decimos doce mil palabras al día, ese nos las gastamos todas.



El nombre de una casa, pintado sobre azulejos, llamó nuestra atención: "Las antañonas". Foto obligada entre risas, aceptando con desenfado que cada vez tenemos más: más años, más canas, más arrugas, más achaques. Pero también más vida, más carcajadas, más historias compartidas, más belleza interna. Más de cada una de nosotras. 

Repito: Romper rutinas aligera el espíritu.









viernes, 19 de febrero de 2016

Mente (Fernando Maremar)

Existen libros que empiezas a leer sin tener la más mínima idea de lo que encontrarás entre sus páginas. Eso me pasó con Mente, una de las novelas que ha escrito Fernando Maremar, mi profesor de primer año del curso «Itinerario de novela». Corría el año 2014. 

Compré el libro con la curiosidad (confieso que un poco perversa) de ver cómo escribía quien me estaba enseñando a escribir a mí. Quería saber qué tipo de escritor era ese maestro que me exigía mucho más de lo que yo me creía capaz; que corregía mis textos y los de mis compañeros con una lupa digna del más respetado investigador.

Fernando me sorprendió. Desde las primeras líneas me agarró en volandas y me sumergió en los contrastes de las grandes ciudades, esas en las que las personas no son nada y, a la vez, lo son todo. Me presentó a Udelia, la joven protagonista que, solitaria y anodina, trabajaba desde su casa, navegando siempre en la internet y moviéndose por su pequeño estudio en la silla de ruedas a la que vivía confinada desde que, siendo muy pequeña, una rara enfermedad la privó de caminar. Me contó de la ilusión que ella tenía de ver las estrellas y como, cada tarde, con gran esfuerzo se apoyaba en el alféizar de la ventana para intentar ver esos astros que le eran vedados junto con la noche.  Me mostró también los secretos del desierto; la calidez y el abrigo que pueden encontrarse detrás de su aparente falta de hospitalidad.

            Sin permitirme poner los pies en el suelo, Fernando me hizo ver que dos mentes que se encuentran, se admiran, se respetan y se complementan pueden llegar a compartir una intimidad más profunda que el sexo. Sin mencionarlo, me habló de identidad, de lealtad, de fe, de amistad, de tomar las riendas de la vida. De las fallas y los aciertos que existen en todos los sistemas creados por el hombre.

La prosa limpia, sencilla y libre de afecciones me hizo pasar las páginas virtuales del kindle preguntándome qué vendría a continuación, qué tenían que contarme cada uno de los entrañables personajes que pueblan esta historia. 

Y el final. Ese final que te obliga a poner en práctica todo lo que has ido aprendiendo a lo largo de la lectura: que la vida es una decisión y que cada decisión que tomamos en nuestro presente modifica para siempre nuestro futuro.

Con esta hermosa novela, Fernando Maremar consiguió algo que muy pocos escritores logran: que al pasar la última página haya cerrado el libro y, con él sobre el regazo, sintiera la zozobra que se mete en el cuerpo cuando nos despedimos de un buen amigo.

Para terminar, cito las palabras de Miriam Beizana, otra lectora que comentó esta novela y que resumen muy bien lo que yo sentí: «No dejaba de sorprenderme mientras leía, sin poder dejar de hacerlo, sin poder dejar de fascinarme, cómo era posible que esta novela pudiera perderse en la interminable biblioteca amazónica como una más, si estaba dotada de una calidad a la altura de la ciencia ficción más aclamada».


Patricia Fernández

Febrero 2016

viernes, 12 de febrero de 2016

Del color de la leche

El libro llegó a mis manos como una joya que no se espera. Nell Leyshon y su novela "Del color de la leche" eran completamente nuevas para mí. 

La protagonista es Mary, una niña de catorce años que nació con el pelo del color de la leche y un defecto en una pierna. Vive con sus padres y sus hermanas en un pueblo de la Inglaterra de mil ochocientos treinta; en una pequeña granja en la que todos, sin excepción, trabajan para mantenerla precariamente. Sin embargo, y a pesar del trabajo arduo, las carencias materiales, la rigidez del padre y la sumisión de la madre, Mary no se queja ni es infeliz. Todos los días pasa un rato con su abuelo paralítico, con el que tiene una buena relación nacida del carácter agudo y el sentido del humor que ambos comparten. Su abuelo es su cómplice, lo más cercano a un amigo.

Un día el padre anuncia a Mary que, para que la familia tenga un poco más de dinero, ella deberá trasladarse a vivir a la casa del vicario. Allí  ayudará con los quehaceres y cuidará de la esposa del cura, enferma desde hace mucho tiempo. La vida en la nueva casa transcurre sin grandes contratiempos hasta que la niña descubre las letras y, ayudada por el propio vicario, aprende a leer y a escribir.

Del color de la leche es una denuncia que se lee con estupor primero y con indignación después. Como bien dice Valerie Luiselli en el bello prólogo que escribió con el asombro que le dejó la lectura del libro: "es una historia poderosa que desciende al bajo fondo de una vida que se disolvió en la escritura y que solo puede recobrarse en el silencio de nuestra lectura. Un silencio largo, estremecido y lleno de rabia".

Y es que es así, justamente, como se lee esta magnífica novela narrada sin alardes ni victimismos: en un silencio sobrecogedor y un respeto profundo por esa niña que añoraba volver a su hogar, y a la que aprender a leer y a escribir le sirvió únicamente para contar su historia.

Patricia Fernández
Febrero, 2016

domingo, 7 de febrero de 2016

Kilómetros cero


En julio de 2015 fui a reencontrarme con Madrid, la ciudad de mi padre y, por ello, también la mía. Y digo reencontrarme porque hacía demasiados años que no pasaba en ella más de dos o tres días. Difícil familiarizarse con una ciudad en un tiempo tan corto. 

Durante los muchos días que pasé ahí hice lo que cualquier turista: paseé por sus calles, visité museos, iglesias, palacios, plazas (sobre todo la de Cibeles, mi favorita), fui varias veces a la terraza de Bellas Artes para ver, desde su altura, la magnificencia de esta ciudad grandiosa, cálida y acogedora. Por supuesto, no me faltó la foto en la Puerta del Sol, en el punto exacto donde se encuentra el kilómetro cero de España.



Pero también intenté, por dos semanas, ser parte de la vida diaria de Madrid. Hice la compra en el supermercado más cercano al piso en el que me instalé, fui al correo, me quedé en casa leyendo, caminé al paso que marcaban los días.




Ayer hice otro tipo de turismo aquí, en Guatemala. El que muchos hacemos solo cuando vienen familiares o amigos del extranjero, cuando ir al mercado y al parque central se convierten en un paseo obligatorio. Esta vez, las visitas fueron unos amigos chilenos de una de mis hijas.




Caminando por el parque y frente al palacio, les mostré la placa de bronce de donde parten todos los caminos de esta patria mía que, por casualidad o no, siguiendo rutas insospechadas, se entrelazaron con los caminos de España y me hicieron nacer aquí.  

Por supuesto, me tomé la foto de ley, como cualquier turista, como cualquier local. 

Qué bien se siente saber que tengo dos 

kilómetros cero de dónde partir. Y dos kilómetros cero a dónde volver. 




miércoles, 3 de febrero de 2016

Laberinto

               


 Laberinto

Me gusta imaginar que estoy aquí,
en esta realidad que no existe
y en esta fantasía que no es.
Creer que no creo en nada
y levantar la vista al suelo
desde lo alto de mi mirada.

Me gusta imaginar que estoy aquí,
rodeada de los que ya no están;
abriendo puertas con llave
y ventanas sin cristal.
Entrando en habitaciones
donde me esperan fantasmas
vestidos de hueso y piel.

Me gusta imaginar que estoy aquí,
de pie sobre esta nube de agua,
cortando con una tijera la niebla de la mañana.

Con solo imaginar que estoy aquí
regreso a lugares a los que nunca he ido
y me pregunto,
¿se puede volver de allí?

Patricia Fernández
Dic. 2011

viernes, 29 de enero de 2016

Un oficio solitario

No sé decir desde cuando leo, pero sí cuándo empecé a escribir. Fue hace casi seis años.  Una mañana, leyendo el periódico mientras desayunaba, vi un pequeño anuncio que invitaba a un taller de escritura creativa en una de las librerías de mi ciudad.  Sin pensarlo, me volví hacia mi marido y le dije: “me voy a inscribir en este curso”.  Llamé por teléfono y reservé mi espacio.


Todavía hoy me pregunto qué me empujó a hacer algo así.   Ni siquiera sabía que esos cursos existían.  Pensaba que los escritores eran seres dotados de una iluminación sobrenatural ajena a nosotros, los simples mortales. 

Empecé a ir al curso todos los miércoles, de seis de la tarde a nueve de la noche.  Vestida de negro riguroso por la reciente muerte de mi padre, arrastraba una tristeza que los amigos que hice allí me cuentan que era palpable.  No entendía qué estaba haciendo; me parecía (y seguro que así era) que nada de lo que escribía valía la pena y que la pregunta que me había rondado siempre, sobre de dónde se sacaban los escritores las historias que nos contaban, quedaría sin respuesta. Fabricarme un relato semanal parecía lo más difícil que había hecho en toda mi vida. 

Poco a poco, la escritura me fue envolviendo.  Descubrí autores que nunca había leído y que se han convertido en gurús de mi aprendizaje.  Empecé a divertirme. Confieso también que me dejé seducir por el ambiente, el profesor y los compañeros que tuve en aquellos primeros talleres.  

Los miércoles por la tarde se convirtieron en una parte vital de mi vida.  Pensar en el próximo cuento que debía escribir, una obsesión.  Sin embargo, donde percibí el verdadero cambio fue en que me sentí libre.  Libre para para expresar mis ideas -o mis dudas- a través de personajes que no eran yo. Libre para inventar, para imaginar.  Libre para fantasear con esas preguntas locas que me he hecho a lo largo de la vida y que la “gente seria” con la que me relaciono, no quiere escuchar: “¿Si se me paraliza el rostro y ya no puedo reír, reirán mis ojos?, ¿Si llego a vieja, sola y triste, se me arrugará más la cara?, ¿Qué piensan las ardillas?  Me hacía y me hago tantas preguntas, que si ocuparan espacio no me cabrían en el cuerpo.

Varias veces a lo largo de estos años he tenido la duda de haberme embarcado en algo demasiado grande para mí; me he acobardado tanto que hasta he pensado en dejar de escribir, de abandonarlo todo y regresar a mi vida de lectora, de espectadora.  Una de esas veces se lo comenté a una amiga y su respuesta se grabó en mi cuerpo como un tatuaje imborrable: “Tú podrás abandonar la escritura, pero ella nunca te va a abandonar a ti.  Te perseguirá toda tu vida, porque la llevas dentro”.  Si tenía o no razón, no lo sé. Pero aquí sigo.

Escribo para contar esas historias que me hubiera gustado que me contaran a mí.  Historias que pudieron haber sucedido, o que sucedieron. Escribo porque a veces la vida detiene su andar vertiginoso y avanza en cámara lenta.  Y es entonces, en esos momentos de silencio, cuando siento un algo que me susurra muy suave al oído: “aquí hay una historia”.  Y en ese pequeño instante mis sentidos se agudizan y puedo ver la duda en la mujer que se rasca una nalga mientras cruza la calle; palpo la derrota del hombre que se quita las gafas y las limpia con un pañuelo que dista mucho de estar limpio; huelo la desolación de la pareja que discute mientras espera que llegue el autobús y percibo la ternura en las manos entrelazadas de dos ancianos que pasean juntos una tarde cualquiera. Esas escenas, que normalmente vemos como cotidianas o triviales se convierten, dentro de mi piel, en una historia que contar.  Una historia que, repentinamente quiero escribir, necesito escribir.

Escribo también porque no deja de sorprenderme cómo una idea nace en mi cabeza y me obliga abandonar las sábanas calientes de la madrugada, o me empuja fuera de la regadera, hace que me enrolle en una toalla sin apenas secarme y tome el cuaderno y la pluma que mantengo en mi cuarto y empiece a escribir para no perder el impulso de eso que llaman inspiración. 

Me maravilla, como si de algo mágico se tratara, pensar que voy a narrar una historia y, sin ningún aviso, los personajes se rebelan contra mí y deciden ellos, a través de mi mano y la pluma que la sostiene, contar la suya propia sin que yo pueda hacer nada para intervenir. Me fascina darme cuenta de que, en ese momento, no soy más que una oyente de los relatos que yo misma escribo.

Y sobre todo, escribo porque me enamoré. Esa historia que ha rondado mi cabeza por varios días, que se ha acomodado en mi hombro y me incordia y hostiga hasta lograr que coloque mi trasero en una silla, tome el cuaderno y empiece a escribir, es el momento en el que más siento la euforia, la ternura y la pasión que solo se viven cuando se está enamorado. 

Patricia Fernández