viernes, 12 de agosto de 2016

¿Cuánto de lo que escribimos es real y cuánto inventado?


Dicen que los escritores nos "delatamos" en nuestros escritos. Que dejamos una parte de lo que somos en cada palabra, línea e historia que contamos. Ese es un secreto que solo nosotros podemos revelar, pero no lo hacemos, nos guardamos la respuesta; decimos que lo que contamos no es real y que todos los personajes, sin excepción, son inventados. No nos importa si nos creen o no.

     Pero hay veces, solo algunas, que decidimos contar un trocito de nuestra propia historia. Entreabrimos una ventana para que el lector (si es que conseguimos que alguien nos lea) atisbe a través de ella y sepa un poco más de nosotros: de los niños que fuimos, de la ternura que nos eriza la piel o de lo que puede robarnos la risa. Dejamos salir, a través de esa pequeña o gran abertura en la ventana, un pedazo de nuestra alma.

     El relato que publiqué este año en el libro anual de la Escuela de Escritores, escuela de la que soy alumna desde hace un buen tiempo debido a mi tozudez, necedad o necesidad de aprender no solo a escribir, sino a hacerlo medianamente bien, es justamente una de esas historias de las que les hablo. En ella mezclo la realidad con la fantasía, lo verdadero con lo inventado, lo que fue con lo que nunca sucedió. 

     Lo único que sí es completamente cierto es que mi papá empezaba todas sus historias diciendo "Había una vez un niño..." y que de esa frase en adelante, su bondad y su imaginación no tenían límite. 

     A él le dediqué este cuento. No podía ser de otra manera.




Al calor del fuego
Patricia Fernández
Guatemala

Para papi, por supuesto.

Mi padre tenía el arte de convertir en fantásticas las cosas más simples. Siendo muy pequeños mis hermanos y yo, compró un terreno en las afueras de la ciudad para pasar en él los fines de semana. Al principio no era más que una enorme explanada por la que correteábamos como potrillos. Hasta que construyeron la cabaña, dormíamos en una tienda de campaña que para nosotros era tan grande como una casa. Tenía un área central en la que mi madre acomodaba los catres de mi padre y ella, y dos compartimientos laterales, más pequeños, en los que nos apretujábamos los niños. Por las noches, al calor del fuego, observábamos las estrellas y nos quedábamos dormidos escuchando las historias que papá nos contaba.
Mientras mi madre se afanaba plantando flores y grama, mi padre sembró, en la parte más retirada del terreno, un bosque de lo más diverso. Cipreses, ficus, eucaliptos, pinos, araucarias, limoneros, manzanos y muchos otros poblaron el bosque desordenado, como lo llamábamos. De nada sirvieron las quejas de mi madre, que decía que aquello se convertiría en un caos. Tuvo razón, pero resultó muy entretenido verlo crecer. No había dos árboles iguales.
Al llegar a la adolescencia la granja perdió su encanto y dejamos de ir. Sin nuestra compañía, mis padres espaciaron las visitas. Sin embargo, años más tarde decidieron trasladarse a vivir ahí de forma definitiva. Gracias a eso, volvimos a frecuentarla. Para entonces la familia había aumentado considerablemente, así  que ampliaron la cabaña para que cupiéramos todos.
Motivados por la imaginación de mi padre, la carpa grande pasó a ser el castillo medieval de los diez nietos y el bosque desordenado un espacio mágico que se transformaba de acuerdo a la aventura del día. Algunas veces, la arboleda era un país dominado por gigantes rebeldes a los que les gustaba el rock and roll. Otras, un lugar misterioso por el que se deslizaban serpientes que, escondidas entre la hojarasca, escupían a los niños. En sus carreras por huir de los reptiles peligrosos, los pequeños recibían los orines de las ardillas, que se enfadaban porque decían que en ese bosque solo ellas tenían derecho a gritar. Las escupidas y meados provenían del riego ―subterráneo y de goteo― que mi padre encendía y apagaba a capricho, ahogando su risa para no ser descubierto. Hijos y nietos estamos convencidos de que en la granja pasamos las mejores vacaciones de nuestras vidas.
Pero lo que más recordaremos serán las historias que mi padre nos contaba, primero al  calor de la fogata y luego al de la chimenea. Cada una de ellas, sin excepción, empezaba con la misma frase. Bastaba con escucharle decir: «Había una vez un niño» para que corriéramos a sentarnos a su alrededor. A partir de esa oración mi padre inventaba relatos maravillosos. Su magia consistía en adaptar la historia a la situación que vivía alguno de nosotros. Así, escuchamos cuentos de niños que se rompían los huesos al golpearse contra una almohada; pequeños olvidados durante semanas en casa de algún amigo, o cocodrilos que robaban dientes de leche para pegárselos en su propia boca y así morder mejor a los despistados que se acercaban al río. Sus relatos aligeraban las cargas.
Un día en el que yo me sentía especialmente desanimada por el mal momento que Adrián y yo estábamos pasando, propuse ir a la granja a pasar el fin de semana, pero él se negó. A pesar de las protestas de nuestros hijos, no quise insistirle. Me vendrían bien un par de días sin él. Necesitaba pensar. Decidir.
Al vernos llegar mi padre me miró inquisitivo, preguntó por mi esposo y como pareció contentarse con la respuesta vaga que le di, pensé que lo había engañado.
Sin ponernos de acuerdo, los cuatro hermanos llegamos ese fin de semana. La cabaña se llenó con el olor a comida caliente, los chillidos de los niños subiendo y bajando las escaleras a todo galope y el crujir de los leños que se quemaban lentamente. Pasé el sábado sentada frente a la chimenea, cubierta con una manta y el libro cerrado sobre mi regazo.
Al anochecer, mi padre se acomodó en un sillón cercano al mío y, sin ningún preámbulo dijo: «Había una vez un niño que quería ser árbol». Los nietos se acercaron a escuchar otra de sus maravillosas y cándidas historias. Incluso yo olvidé la taza de chocolate que me calentaba las manos. Al terminar el relato preguntó al aire qué árbol le gustaría ser a cada uno y por qué. Los niños se apresuraron a responder:
―Yo, eucalipto ―dijo una―, para tener uñas plateadas.
―¡Yo, pino! ―gritó otro―, para tirarles piñas a los chuchos que me orinen encima.
―Tú, limonero ―agregó mi hermano mirando a su mujer―, por ácida.
En medio de las risas escuché la voz de mi padre:
―Y a tí, Ana, ¿qué árbol te gustaría ser?
―¿Yo? No sé, papi. No quiero jugar ―dije con desgano.
―¡Sí, mami! ―gritó mi hijo pequeño― ¿qué árbol del bosque desordenado serías tú?
―El árbol que yo sería no está en el bosque desordenado ―respondí, cayendo en el juego.
―¿No está? ―preguntó mi hermana, irónica― ¿Falta alguno?
―Si yo fuera árbol, sería palmera ―sentencié, muy seria.
―¿Palmera? ―preguntó mi sobrina― ¿Porque siempre estás despeinada?
La carcajada fue general.
―Sí, por eso ―respondí, enseñándole la lengua―, pero también porque son desenfadadas y siempre están contentas. Pero, sobre todo ―dije, mirando a mi padre―, porque cuando vienen las tormentas las enfrentan con valentía. Se doblan ante los fuertes vientos, pero hace falta algo más bravo que un huracán para arrancarlas de raíz. Y luego, cuando la tormenta pasa, se enderezan, se estiran, sacuden sus hojas y vuelven a ser felices.
―Hasta que llega la siguiente tormenta ―agregó mi padre, fijando los ojos en mí.
―Hasta que llega la siguiente tormenta ―repetí, sosteniendo su mirada―. Mientras tanto, se divierten tirándoles cocos a los niños que las molestan ―terminé, lanzando un cojín a mi sobrina.




sábado, 9 de julio de 2016

¿Dónde estará el tiempo?

«Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé; si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé». San Agustín


Actualmente tenemos menos cosas que hacer fuera de nuestra casa u oficina: ya no es necesario ir al banco y hacer cola para pedir una chequera o depositar dinero en nuestra cuenta o en la de alguien más; no pasamos horas en la agencia de viajes planificando nuestra próxima vacación; no tenemos que llevar el rollo a revelar, ni regresar a recoger las fotos; las horas en el supermercado se han reducido a una lista enviada por correo electrónico y la farmacia queda tan lejos como nuestro teléfono celular. Ni siquiera cuando estudiamos (o queremos saber algo por simple curiosidad) nos vemos en la necesidad de levantarnos del escritorio para buscar en la enciclopedia el significado de nuestra duda. Mucho de lo que hace unos años podía llevarnos varias horas ahora toma minutos. A veces muy pocos minutos. La tecnología, ese gran acierto futurista, nos ha traído un gran regalo: El tiempo. 

     Y sin embargo, si algo nos falta en estos días es justamente eso: Tiempo. Si nos encontramos a alguien en la calle, las pláticas versan casi siempre sobre lo mismo: la falta de tiempo. Nos falta tiempo para estar con la gente a la que decimos querer, tiempo para tomarnos un café sin horario, tiempo para escaparnos unas horas de la rutina, para tirarnos boca arriba en la grama y buscarle forma a las nubes. Creemos que los minutos que pasamos en la cola de un banco platicando con el desconocido que está adelante o detrás nuestro, no nos aporta nada; que el rato pasado entre góndolas, apoyados en la carreta del supermercado, charlando con el amigo o la amiga que no veíamos desde hacía meses o años es tiempo perdido...

     Como el hombre que vivía en el cuarto planeta de El Principito, nos hemos vuelto serios: "... ¡Tengo tanto trabajo! ¡Yo soy serio, no me entretengo en pamplinas! (...) No tengo tiempo de callejear. Yo soy serio", le dijo el hombre ocupado al pequeño Príncipe cuando éste le preguntó qué era lo que contaba con tanto empeño.

     Cierto es que en esta ciudad nuestra el tráfico nos roba muchas horas, pero si las comparamos con las que pasábamos haciendo cola o sentados frente a una señora que, mientras esperaba a que se imprimiera nuestro pasaje de avión, nos contaba de la boda de su hijo o sobre la muerte de su padre ¿no resultan ser las mismas? Corremos para saber cuánto corremos, no para disfrutar de la carrera. Administramos nuestro tiempo de tal forma que olvidamos dónde lo dejamos, qué hicimos con él. Nos hemos vuelto hombres serios, sin tiempo para ver las estrellas porque, al igual que el personaje de El Principito, estamos más ocupados guardándolas en un banco. Y luego nos preguntamos dónde estarán.

Patricia Fernández
Julio, 2016
     
     

sábado, 11 de junio de 2016

Una pared para mi librera


Una de las muchas imágenes que guardo de cuando era niña es la de mi mamá sentada en un sillón, bajo la luz de una lámpara, leyendo un libro. La recuerdo guapa, muy guapa, con el pelo recto hasta los hombros, mitad gris y mitad blanco a sus treinta y pocos años, la pierna cruzada y el dedo pulgar entre los dientes, mordisqueándose la uña.

     De ella y esa imagen heredé varias cosas: el amor por la lectura, la forma de cruzar la pierna, el mordisquearme las uñas cuando estoy leyendo una buena novela -mientras más me apasiona la historia, más me las muerdo- y la capacidad de olvidar que el mundo sigue girando mientras leo.


     Por supuesto, junto al amor por la lectura heredé también el maravilloso vicio de comprar libros. No me agrada mucho que me los presten... si quiero leer alguno, quiero tenerlo, que sea mío. Poco a poco, a base de paciencia y años (porque los libros son caros, muy caros a veces), he llegado a tener una buena cantidad que fui colocando en la sala familiar, en mi cuarto, en las habitaciones de mis hijos; cualquier lugar era bueno para guardarlos. He apilado libros por todos lados. Mi mesilla de noche ha llegado a parecer la torre de Babel a punto de venirse abajo.

    El arquitecto que construyó nuestra casa siempre recuerda que cuando nos reunimos a ver los planos yo, con veinticinco años, le señalé una pared y le dije: "aquí va a ir mi librera". Al preguntarme por la distribución del resto de la casa, dice que mi respuesta fue: "no sé, de eso que se encargue Ricardo". 

     Por diferentes circunstancias, la pared se mantuvo vacía durante veintisiete años. Ayer, finalmente quedó  terminada. Los libros adornan mi sala familiar como las joyas que son. No están ordenados de ninguna forma. Los fui sacando de los anaqueles y los rincones donde estaban y los coloqué en las nuevas estanterías sin tomar en cuenta a los autores. Los considerados "grandes" están al lado de los no tan conocidos o no reconocidos porque para mí, aprendiz de escritora, sé que escribir un buen libro lleva tanto trabajo como escribir uno malo. 

     Parte de la ilusión que siento es saber que ahora cuento con más espacio, espacio que llenarán los libros que compraré o que me regalarán. Pasará un buen tiempo antes de que vuelva a necesitar otra librera, pero ya elegí la pared donde irá. El resto, es la vida. 

Patricia Fernández
Junio, 2016
     
     
     

martes, 3 de mayo de 2016

De la tierra y los libros

El 22 de abril de cada año celebramos el día de la tierra y el 23 de abril, conmemorando las muertes de Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakeaspeare, el del libro. Dos días importantes para nosotros, los humanos. 


     El primero porque nos da un toque en el hombro; nos recuerda que contrario a lo que hacían los nobles en Versalles, que se mudaban de un palacio a otro cuando el mal olor de sus orines, sus heces y su podredumbre era insoportable, nosotros no podremos irnos a vivir a otro planeta cuando lo hayamos llenado de la basura que la tierra no pueda procesar, comerse y devolvérnosla en forma de abono, limpia. Si no la cuidamos, si acabamos con los recursos naturales, nos vamos a morir. No habrá excepciones. Desapareceremos arrastrando con nosotros a todos los seres vivos del planeta. O a casi todos. Quizá quede alguna cucaracha por ahí. Esos bichos son inmortales.

     El segundo día no sé qué tan celebrado sea, pues no puedo negar que hay personas a las que los libros les interesan tanto como a mí jugar bien a las canicas. Y aunque no lo reprocho, porque es verdad que cada quien es libre de que le gusten o no las cosas, sí lo lamento porque para mí Leer es de lo más divertido y asombroso que he aprendido en mi vida. Cada vez que tengo un libro en las manos siento que escucho al escritor preguntándome al oído: «¿Quieres que te cuente un cuento?»Y yo respondo siempre igual, murmurando en el suyo: «Por supuesto».  Acaricio la portada, lo abro en la primera página y me acurruco mimosa contra el pecho del narrador, dispuesta a escuchar lo que tiene que contarme.
     
     Que de los árboles salgan los libros es contradictorio. Tenemos que matar para dar vida. Así funciona. Criamos árboles hermosos para luego cortarlos y escribir en ellos historias tiernas o crudas, ligeras o densas, buenas o malas, elegantes o vulgares, eróticas o pornográficas. Historias que nos marcarán para siempre o que olvidaremos en pocas horas. El mismo árbol puede servir para cualquier cosa. 

     Siempre me he preguntado si los árboles gritan cuando los están derribando. Si cada golpe de hacha o dentellada de sierra los hace encogerse de dolor y de rabia, impotentes por no ser capaces de defenderse, por no tener la libertad de  agarrar el hacha o la sierra con sus propias manos y atacar con ella al humano que está en el otro extremo.
     
     Y sin embargo, cuando tengo un libro en las manos pienso que el sufrimiento valió la pena, que la esencia del árbol no fue totalmente violentada porque vive ahí, entre las páginas de las historias. 

     Pura especulación mía, nada más.

Abril, 2016

sábado, 9 de abril de 2016

Instrumental






"Me violaron a los seis años.
Me internaron en un psiquiátrico.
Fui drogadicto y alcohólico.
Me intenté suicidar cinco veces.
Perdí la custodia de mi hijo.

Pero no voy a hablar de eso.
Voy a hablar de música.
Porque Bach me salvó la vida.
Y yo amo la vida".




Con estas palabras empieza James Rhodes a hablarnos sobre el abuso sexual y el poder sanador de la música clásica.  

Es su propia historia, escrita por él mismo en una sinfonía musical que lleva al lector desde lo más hondo de los infiernos hasta lo más alto del cielo. Sin dar detalles específicos ni mórbidos sobre las violaciones, los lectores nos vamos enterando del desconsuelo de un niño que, como muchos de los que sufren de abuso sexual, no se atreve a pedir ayuda debido a las amenazas del violador -en este caso, su profesor de gimnasia- y crece pensando que así es la vida. 

Con rabia contenida, con rabia liberada, pero también con mucha decisión y valentía, Rhodes nos relata su historia y como fue Salvado -sí, así, con mayúscula- a los siete años de edad por la música clásica, cuando escuchó por primera vez una pieza llamada la Chacona, para violín solista, en re menor, de Johann Sebastian Bach. La versión para piano de Busoni. Ferruccio Dante Benvenuto Michelangelo Busoni, como él mismo lo dice.

El que cada capítulo lleve como título el nombre de una pieza de música clásica es una de las grandes maravillas de este libro. No creo que exista un solo lector que no hayamos recurrido a nuestra colección de música, a internet o a cualquier otro medio para escuchar las piezas que el autor comparte con nosotros. No creo tampoco que exista un solo lector que termine de leer el libro sin, cuando menos, los ojos llenos de lágrimas (algunos, como yo, quizá pasen la última página llorando desconsoladamente de admiración, de rabia, de respeto, de ganas de justicia y, sobre todo de amor, de mucho amor por la música clásica.

Al igual que cuando termina un gran concierto, de esos que han conmovido hasta lo más profundo de mi ser y me han emocionado tanto que me ha faltado el aire para respirar, me levanto de mi silla, aplaudo hasta que me duelen las manos e inclino mi cabeza en reverencia. 

Gracias, James Rhodes. 

domingo, 13 de marzo de 2016

Romper rutinas




Romper rutinas aligera el espíritu. La excusa era válida: una de nosotras iba al médico y había que acompañarla. Nada grave, no se asusten. 

Empezamos a divertirnos desde que nos subimos al carro a las diez de la mañana y nos tomamos una foto para mostrar a las  que no venían con nosotras de lo que se perdían. Nos hubiera gustado pasar el día todas juntas, las ocho, pero esta vez no se logró. El tráfico denso de la ciudad alargó nuestro viaje. Ni eso nos molestó. 


La consulta con el médico fue lo único serio que hicimos ese día. El resto lo dedicamos a comprar mango en bolsa (sin importarnos que la mujer que lo preparaba utilizara la misma mano para pelarlo y cortarlo que para cobrarnos); caminamos por las calles empedradas de Antigua, una ciudad que confunde porque está adormecida y llena de vida al mismo tiempo. Comimos en una terraza y tomamos café en otra. Nos tomamos el "selfie" de ley y visitamos tiendas y viveros.  Si es verdad que las mujeres decimos doce mil palabras al día, ese nos las gastamos todas.



El nombre de una casa, pintado sobre azulejos, llamó nuestra atención: "Las antañonas". Foto obligada entre risas, aceptando con desenfado que cada vez tenemos más: más años, más canas, más arrugas, más achaques. Pero también más vida, más carcajadas, más historias compartidas, más belleza interna. Más de cada una de nosotras. 

Repito: Romper rutinas aligera el espíritu.









viernes, 19 de febrero de 2016

Mente (Fernando Maremar)

Existen libros que empiezas a leer sin tener la más mínima idea de lo que encontrarás entre sus páginas. Eso me pasó con Mente, una de las novelas que ha escrito Fernando Maremar, mi profesor de primer año del curso «Itinerario de novela». Corría el año 2014. 

Compré el libro con la curiosidad (confieso que un poco perversa) de ver cómo escribía quien me estaba enseñando a escribir a mí. Quería saber qué tipo de escritor era ese maestro que me exigía mucho más de lo que yo me creía capaz; que corregía mis textos y los de mis compañeros con una lupa digna del más respetado investigador.

Fernando me sorprendió. Desde las primeras líneas me agarró en volandas y me sumergió en los contrastes de las grandes ciudades, esas en las que las personas no son nada y, a la vez, lo son todo. Me presentó a Udelia, la joven protagonista que, solitaria y anodina, trabajaba desde su casa, navegando siempre en la internet y moviéndose por su pequeño estudio en la silla de ruedas a la que vivía confinada desde que, siendo muy pequeña, una rara enfermedad la privó de caminar. Me contó de la ilusión que ella tenía de ver las estrellas y como, cada tarde, con gran esfuerzo se apoyaba en el alféizar de la ventana para intentar ver esos astros que le eran vedados junto con la noche.  Me mostró también los secretos del desierto; la calidez y el abrigo que pueden encontrarse detrás de su aparente falta de hospitalidad.

            Sin permitirme poner los pies en el suelo, Fernando me hizo ver que dos mentes que se encuentran, se admiran, se respetan y se complementan pueden llegar a compartir una intimidad más profunda que el sexo. Sin mencionarlo, me habló de identidad, de lealtad, de fe, de amistad, de tomar las riendas de la vida. De las fallas y los aciertos que existen en todos los sistemas creados por el hombre.

La prosa limpia, sencilla y libre de afecciones me hizo pasar las páginas virtuales del kindle preguntándome qué vendría a continuación, qué tenían que contarme cada uno de los entrañables personajes que pueblan esta historia. 

Y el final. Ese final que te obliga a poner en práctica todo lo que has ido aprendiendo a lo largo de la lectura: que la vida es una decisión y que cada decisión que tomamos en nuestro presente modifica para siempre nuestro futuro.

Con esta hermosa novela, Fernando Maremar consiguió algo que muy pocos escritores logran: que al pasar la última página haya cerrado el libro y, con él sobre el regazo, sintiera la zozobra que se mete en el cuerpo cuando nos despedimos de un buen amigo.

Para terminar, cito las palabras de Miriam Beizana, otra lectora que comentó esta novela y que resumen muy bien lo que yo sentí: «No dejaba de sorprenderme mientras leía, sin poder dejar de hacerlo, sin poder dejar de fascinarme, cómo era posible que esta novela pudiera perderse en la interminable biblioteca amazónica como una más, si estaba dotada de una calidad a la altura de la ciencia ficción más aclamada».


Patricia Fernández

Febrero 2016

viernes, 12 de febrero de 2016

Del color de la leche

El libro llegó a mis manos como una joya que no se espera. Nell Leyshon y su novela "Del color de la leche" eran completamente nuevas para mí. 

La protagonista es Mary, una niña de catorce años que nació con el pelo del color de la leche y un defecto en una pierna. Vive con sus padres y sus hermanas en un pueblo de la Inglaterra de mil ochocientos treinta; en una pequeña granja en la que todos, sin excepción, trabajan para mantenerla precariamente. Sin embargo, y a pesar del trabajo arduo, las carencias materiales, la rigidez del padre y la sumisión de la madre, Mary no se queja ni es infeliz. Todos los días pasa un rato con su abuelo paralítico, con el que tiene una buena relación nacida del carácter agudo y el sentido del humor que ambos comparten. Su abuelo es su cómplice, lo más cercano a un amigo.

Un día el padre anuncia a Mary que, para que la familia tenga un poco más de dinero, ella deberá trasladarse a vivir a la casa del vicario. Allí  ayudará con los quehaceres y cuidará de la esposa del cura, enferma desde hace mucho tiempo. La vida en la nueva casa transcurre sin grandes contratiempos hasta que la niña descubre las letras y, ayudada por el propio vicario, aprende a leer y a escribir.

Del color de la leche es una denuncia que se lee con estupor primero y con indignación después. Como bien dice Valerie Luiselli en el bello prólogo que escribió con el asombro que le dejó la lectura del libro: "es una historia poderosa que desciende al bajo fondo de una vida que se disolvió en la escritura y que solo puede recobrarse en el silencio de nuestra lectura. Un silencio largo, estremecido y lleno de rabia".

Y es que es así, justamente, como se lee esta magnífica novela narrada sin alardes ni victimismos: en un silencio sobrecogedor y un respeto profundo por esa niña que añoraba volver a su hogar, y a la que aprender a leer y a escribir le sirvió únicamente para contar su historia.

Patricia Fernández
Febrero, 2016

domingo, 7 de febrero de 2016

Kilómetros cero


En julio de 2015 fui a reencontrarme con Madrid, la ciudad de mi padre y, por ello, también la mía. Y digo reencontrarme porque hacía demasiados años que no pasaba en ella más de dos o tres días. Difícil familiarizarse con una ciudad en un tiempo tan corto. 

Durante los muchos días que pasé ahí hice lo que cualquier turista: paseé por sus calles, visité museos, iglesias, palacios, plazas (sobre todo la de Cibeles, mi favorita), fui varias veces a la terraza de Bellas Artes para ver, desde su altura, la magnificencia de esta ciudad grandiosa, cálida y acogedora. Por supuesto, no me faltó la foto en la Puerta del Sol, en el punto exacto donde se encuentra el kilómetro cero de España.



Pero también intenté, por dos semanas, ser parte de la vida diaria de Madrid. Hice la compra en el supermercado más cercano al piso en el que me instalé, fui al correo, me quedé en casa leyendo, caminé al paso que marcaban los días.




Ayer hice otro tipo de turismo aquí, en Guatemala. El que muchos hacemos solo cuando vienen familiares o amigos del extranjero, cuando ir al mercado y al parque central se convierten en un paseo obligatorio. Esta vez, las visitas fueron unos amigos chilenos de una de mis hijas.




Caminando por el parque y frente al palacio, les mostré la placa de bronce de donde parten todos los caminos de esta patria mía que, por casualidad o no, siguiendo rutas insospechadas, se entrelazaron con los caminos de España y me hicieron nacer aquí.  

Por supuesto, me tomé la foto de ley, como cualquier turista, como cualquier local. 

Qué bien se siente saber que tengo dos 

kilómetros cero de dónde partir. Y dos kilómetros cero a dónde volver. 




miércoles, 3 de febrero de 2016

Laberinto

               


 Laberinto

Me gusta imaginar que estoy aquí,
en esta realidad que no existe
y en esta fantasía que no es.
Creer que no creo en nada
y levantar la vista al suelo
desde lo alto de mi mirada.

Me gusta imaginar que estoy aquí,
rodeada de los que ya no están;
abriendo puertas con llave
y ventanas sin cristal.
Entrando en habitaciones
donde me esperan fantasmas
vestidos de hueso y piel.

Me gusta imaginar que estoy aquí,
de pie sobre esta nube de agua,
cortando con una tijera la niebla de la mañana.

Con solo imaginar que estoy aquí
regreso a lugares a los que nunca he ido
y me pregunto,
¿se puede volver de allí?

Patricia Fernández
Dic. 2011