viernes, 28 de julio de 2017

Leer para escribir


Alguien dijo una vez que hay muchos lectores que no escriben, pero no existe un solo escritor que no lee. 

     La vida se va dando. Un paso después de otro. Un día, alguien te llama escritora. Palabra grande para quien, como yo, empezó a escribir nada más por la curiosidad de saber de dónde obtienen los autores las historias que nos cuentan, o porque sentía que si no sacaba lo que tenía dentro, reventaría como una olla de presión llevada al máximo de su capacidad. Escribir ha sido una forma de expresarme, de plasmar en un papel, en un cuaderno o en la pantalla de mi computadora lo que no sé decir cuando hablo. 
     
     Estoy completamente segura de que no habría logrado escribir si no fuera lectora. Sin todos esos libros que me han acompañado a lo largo de los años; sin esas horas enteras vividas en silencio, sola, apoltronada en un sofá o metida entre las sábanas tibias de la madrugada; sin la delicia de hacer sala de espera en la clínica de algún médico, agradecida porque todavía no me llega mi turno de pasar a consulta o tumbada a la orilla de una piscina, ajena al bullicio de la gente o aprovechando los segundos que tardaba un semáforo en cambiar de rojo a verde -eso ya no lo hago porque el trámite de ponerme y quitarme las gafas de ver es demasiado engorroso-. Sin todos esos ratos pasando una página tras otra, metida en una historia que  disfrutaba o sufría como si fuera la mía; sin todas esas tardes que dejé de hacer cosas que posiblemente eran urgentes, pero perdían importancia ante mis ganas de leer; sin todos esos momentos en los que al pasar la última página de un buen libro me he aferrado a él para retrasar unos minutos el instante en el que tengo que cerrarlo y decirle adiós, despedirme como lo haría de un amigo entrañable al que no volveré a ver en muchos años; sin los nervios culpables de entrar a una librería y saber de antemano que no saldré de ella sin haber comprado un libro, aunque eso apriete más mi llegada a fin de mes; sin las libreras que hacen de mi casa un hogar más acogedor; sin mi necedad de intentar que alguien más lea ese libro maravilloso que acabo de terminar... 

     Sin todas esas experiencias vividas, sin todos esos libros leídos, sé que hoy no sería quien soy, no pensaría como pienso, no opinaría como opino, ni escribiría lo que escribo.

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Patricia Fernández


Julio, 2017

viernes, 9 de junio de 2017

De mesas y vínculos

Una mesa redonda, un mantel blanco, sillas, platos, vasos, cubiertos, servilletas, jarra de agua y botella de vino que se van desordenando y vaciando al paso de la comida. Bullicio, risas, dos o tres conversaciones a la vez "¿Qué dijo?" pregunta algún despistado que no se enteró de por qué ríen los demás.   En un momento cualquiera, levanto la vista y veo a mi alrededor. Sin importar si los que rodeamos la mesa somos seis o doce, si somos familia o amigos, si nos conocemos desde siempre o desde ahora, ese instante mío, de silencio interior, de gratitud ante lo que la vida me regala en ese preciso instante es una de las experiencias más cálidas y acogedoras que he llegado a sentir. Me arropa y abriga tanto como el suéter cómodo de andar por casa. 
     No todos los días percibes, y quizá por eso es tan valiosa, la milésima de segundo que te dice que la vida es más de lo que crees, de lo que has imaginado, de lo que alguna vez soñaste. No todos los días el tiempo se detiene en cada una de las personas que rodean tu mesa. No todos los días lo ves respirar con suavidad e iniciar una danza lenta y suave que flota por encima de nuestras cabezas. Por unos breves instantes veo, sin escuchar, las caras de mi familia, de mis amigos, de mi gente. Los observo moverse, hablar entre ellos, reírse, mirar al frente, tomar la copa de vino, cortar un trozo de pan o limpiarse los labios con la servilleta. Cada movimiento es parte de esa danza que el tiempo baila sobre nosotros.
     Alrededor de las mesas celebramos, recordamos, extrañamos. Alrededor de las mesas creamos vínculos, nos domesticamos -como decía el zorro de El principito- porque, como también decía ese personaje optimista y tierno: "Solo se conocen las cosas que se domestican".
     


Patricia Fernández
Junio, 2017
  
     
     
     
     



     
     

jueves, 20 de abril de 2017

Mis cuadernos, mis amantes

Un día, cargada de paquetes, olvidé mi cuaderno de espiral en la carreta del supermercado. Cuando unos minutos más tarde regresé por él, ya no estaba. En ese robo, el ladrón se llevó la receta de mi ensalada favorita, la lista de lo que tenía que llevar a la playa ese fin de año y alguna que otra frase bonita que había leído en un libro, en un cartel o en la cola del banco. Si hubiera sabido lo que se llevaba, tal vez el ladroncito hubiera sido más considerado.
     Soy de cuadernos. Lleno uno detrás de otro sin ningún orden. Como el fumador que enciende un cigarrillo con la colilla del que se está terminando, yo empiezo uno en cuanto se me acaba el que tengo en la mano. En ellos han quedado garabateadas las listas de invitados para las celebraciones de Navidad o cumpleaños, los teléfonos del plomero, el electricista o carpintero que necesité en algún momento, los comentarios que hice cuando revisé la novela de una amiga, recetas de cocina apuntadas a carreras, las instrucciones de cómo tejer un suéter con dos agujas, y hasta alguna que otra clase de gramática cuando mi mamá, o esa amiga querida que siempre está dispuesta a ayudarme, han intentado aclararme alguna duda sobre el sujeto, el circunstancial, o por qué va coma en ese lugar exacto de la oración.
     Tengo guardados dentro de un mueble de mi habitación todos los cuadernos que he llenado a lo largo de los años. Cada cierto tiempo los saco con la intención de hacer limpieza, de tirarlos a la basura, de deshacerme de una pequeña parte de ese montón de cosas inútiles que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida. Pero cuando los hojeo, cuando releo sus páginas y, a través de las listas de compras y mandados vuelvo a vivir la celebración de la piñata de alguno de mis hijos, los regreso a su lugar casi con veneración. 
     Durante un tiempo intenté acostumbrarme a las agendas digitales. Traté de convencerme de su utilidad: ocupan menos espacio dentro de la bolsa, pesan menos y lo que borras desaparece para siempre, no dan tiempo para arrepentimientos. Terminé siendo esclava de las agendas digitales y amante de los cuadernos (siempre llevo uno en la bolsa, metido en ella como si fuera algo prohibido, ese algo que no debería estar ahí.
     Y todo esto sin haber mencionado ni contado los cuadernos en los que escribo todo lo demás. Esos en los que anoto las ideas que pueden llegar a convertirse en una historia y que he intentado (a veces sin éxito), no mezclar con los otros. En ellos están los primeros borradores de casi todos los relatos que he escrito, mi sueño loco de llegar a ser escritora y, ¿por qué no decirlo?, yo misma dibujada en letras. 
     Mis cuadernos cuentan mi historia. Toda. Completa. Para conocerme, no se necesita nada más que  aprender a leer entrelineas. Y entre listas.

Patricia Fernández
Junio, 2017

jueves, 16 de febrero de 2017

Vidas perfectas

Que levanten la mano los que tienen una vida perfecta, dijo el señor, con los ojos entrecerrados, mirando al pequeño grupo que lo rodeaba.
     No me mire a mí, señor, busque en otro lado. Desvíe la vista más allá de mi silueta, quizá encuentre por ahí algún iluso que se lo cree o algún mentiroso que lo quiera engañar. ¿Vida perfecta? ¿Quién la tiene? Si conoce a alguien, dígamelo para que pueda yo darle unas buenas palmadas en la espalda y felicitarlo por la utopía que ha creado a su alrededor. ¿O deberíamos llamarla pantalla, cortina, biombo o muro? Porque eso no existe, señor, ni aunque lo parezca. Se lo digo yo. Lo que hace buena la vida -no perfecta, insisto- es la actitud con la que nos la echamos al lomo. Porque no va a negarme que hay quienes, ante un problema, una desgracia o un contratiempo, se ahogan en un charco de agua lodosa mientras que otros solo sacuden bien el pie para quitarse el exceso de barro antes de seguir adelante. Hay también quienes ni siquiera se atreven a acercarse a la orilla, huyen de la marejada que saben que les va a caer encima, mientras que otros se lanzan al agua dispuestos a nadar mientras les duren las fuerzas; los más intrépidos con muy poco más que el convencimiento de que son capaces, y los más precavidos con el salvavidas de la fe bien amarrado al cuerpo. Pero repito, todo es actitud. El truco está en encontrar eso a lo que llaman balance, en ser fiel a uno mismo, en centrarse en las promesas hechas, en no perder la esencia, en ceder sin permitir que nos arrebaten la dignidad. Por la cara que tiene, veo que se lo puse difícil. Tal vez se esté preguntando de qué carajos hablo, pero no voy a decírselo porque, a su edad, usted ya debería de saber a qué me refiero y, si no lo sabe, peor para usted, está jodido. Tampoco voy a sermonearlo. Ya pasé por ahí. Hace tiempo que me enfoco en cosas más enriquecedoras que intentar hablar con  gente como usted. Cada uno tiene lo que se ha buscado, lo que se ha trabajado con más o menos esmero y dedicación.

     Así que no me mire a mí, señor. Búsquese otro con quien rivalizar. Yo lo tengo clarísimo: la vida no es perfecta, pero si nos gusta lo que  percibimos, lo que vemos o lo que hemos logrado, bien está. Ahora, si de celos se trata, no pierda sus fuerzas en  aborrecer lo que no es. Si lo que busca es algo real, concéntrese en la actitud. Enfoque todas sus fuerzas en ella. Esa sí que es envidiable.

domingo, 15 de enero de 2017

Con el corazón despeinado

Cada vez que vienen los recibo con la loca y profunda convicción de que tres días, tres semanas, o lo que sea que vayan a estar, es una eternidad. Que tenemos todo el tiempo del mundo delante de nosotros.
     Con la agilidad del viento, nada más instalarse ya han desbaratado el precario orden que mantengo haciendo esfuerzos de malabarista. El número de personas que habitamos la casa parece multiplicarse más veces que ellos.   El bullicio vuelve a ocupar un lugar importante en este hogar mío que sé que poco a poco se irá quedando con cuartos ordenados, limpios y vacíos. Por lo menos la mayor parte del año. 
     Durante sus visitas las sobremesas se alargan, pasamos más ratos en la pérgola fumando, bebiendo café, charlando o, simplemente, estando. Los días se vuelven una mezcla de trabajo y vacaciones, de relegar obligaciones, de soledades olvidadas.     
     Y así pasan los días entre visitas a familia, carcajadas con los amigos, abrazos de bienvenida y de buenos deseos; de miradas tiernas y sonrisas cómplices; de conversaciones al atardecer, de consejos de madre a hija y pláticas de mujer a mujer -porque es en lo que se ha convertido, en una mujer hecha y derecha- y claro, también de momentos tensos, porque a ratos olvidamos que ya no somos las que fuimos.
     Más pronto que tarde los veo buscando el pasaporte que quedó refundido debajo de las libras de café que cada mañana les recordarán las vacaciones a él, su tierra a ella; los escucho hablar de la fecha en que tienen que presentarse a trabajar y de la pereza que esto les causa. Y obligo a mi cerebro a no pensar, a disfrutar cada minuto.
     Pero el tiempo es inexorable. No perdona. Nos lleva, inclemente, al momento de meter las maletas al baúl, subirnos al carro y llevarlos al aeropuerto. Los acompaño en la fila de la línea aérea; al igual que ellos, cruzo los dedos para que los bultos no excedan el peso permitido; los observo mientras les emiten los pases de abordaje y, finalmente, los acompaño a la puerta tras la cual ya no me es permitido pasar. 

     Los abrazo a los dos con una entereza y una serenidad que no siento -el que le doy a mi  niña dura unos segundos más que el que le doy a él-, los beso, les hago a los dos la señal de la cruz en la frente para que mi Dios me los proteja y los veo alejarse, bajar las escaleras. En cuanto pierdo de vista sus rizos me suelto a llorar. Solo unos segundos -no se trata de desplomarme, de perder el glamur, me digo para sacarme una sonrisa-. Luego respiro hondo, me seco las lágrimas con el clínex que, por si acaso, he metido en la manga del  suéter, me yergo y me dirijo hacia la salida. Ninguna de las personas con las que me cruzo parece notar que la mujer que pasa a su lado va caminando con el corazón despeinado. 

miércoles, 4 de enero de 2017

La amiga estupenda

Fue mi hermana la que me habló por primera vez de la escritora Elena Ferrante, del interés que estaba despertando la tetralogía que escribió sobre la vida de dos mujeres en un barrio de Nápoles, y del misterio que rodea su identidad (Wikipedia dice que es el seudónimo de una escritora de la cual hay muy poca información). 
     Compré el primer libro, La amiga estupenda, con la emoción y la curiosidad de descubrir algo nuevo, diferente. Con una prosa lenta, medida y estudiada, pero natural y serena a la vez, la autora introduce al lector a través de Elena Greco, la protagonista y voz narrativa, en la vida de los pobladores de un barrio obrero de Nápoles. La historia que nos cuenta Lenù, como le dicen sus amigos, resalta su relación con Lila, su amiga y compañera de colegio, dos mentes cuyo potencial llama la atención de la profesora de primaria y por las que intenta, abiertamente, conseguir que continúen estudiando para, sin decirlo de forma explícita, salgan de la vida monótona y limitada del barrio. De esto se va dando cuenta Elena poco a poco, a lo largo de los años, y es este descubrimiento el que la desconcierta, la desubica y la acongoja. 
     En ese punto termina el primer libro. Lenù tiene dieciséis años y está por tomar la decisión de no seguir estudiando, de intentar volver a integrarse a la vida del barrio donde creció y formar nuevamente parte de él para no sentirse aislada. Quiere ser lo que son todos los demás: obreros sencillos, conformados, aunque algunos luchen -con muy poco esfuerzo y entusiasmo- por sobresalir para ser más que el resto. 
     Hoy mismo empiezo el segundo libro: Un mal nombre, porque no puedo dejar de pensar en Lenù, en Lila y en todos los demás personajes que pueblan esta historia entrañable que Elena Ferrante nos cuenta de forma magistral.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Los deseos más deseados


Llevo varias semanas pensando no solo en lo que me dejó este año que se acaba, sino también en lo que yo le dejé a él, porque la vida no es solo cuestión de recibir, es también un asunto de dar. He pasado varias horas de estos últimos días viendo a mi alrededor, observando lo que tengo, lo que la vida me ha dado porque sí y lo que he logrado porque me he puesto en su camino, porque he bailado y saltado frente a ella para que me tome en cuenta. Intenté, en mi contemplación, descubrir el orden que le da sentido a mi vida y no fue sino hasta ayer o anteayer que me di cuenta de que en la búsqueda de ese orden, de esa quietud que aparentemente deseo, la vida me ha rodeado de bullicio, de cierto desorden, de discusiones que me convierten en árbitro y que terminan con la certeza de que, peleas aparte, la familia es la familia y los amigos pueden llegar a ser más que familia. También, y sin yo quererlo, he tenido que aprender a disfrutar las bienvenidas sin nostalgia anticipada para que las despedidas no me causen tanta tristeza. La vida no me ha dado todo lo que le he pedido, pero sí bastante más de lo que imaginé tener.

     Veo terminar el 2016 con la tímida satisfacción que dejan una caricia, el abrazo de alguien que te aprieta contra sí unos segundos más de lo usual, un beso dado y recibido con gusto.

      Espero al 2017 sentada frente al mar, con la vista fija en el horizonte e intentando adivinar qué me tiene preparado; luego me digo que conocer el futuro puede resultar aburrido o poco alentador y que es mejor no saber, confiar en la sabiduría de lo que está por venir. 

    Lo que sí veo, sentada frente al mar, es que los años empiezan a pasar más rápido, el tiempo se nos acorta y tenemos que esforzarnos más para conseguir lo que no hemos logrado hasta ahora y, si esto no es posible, aceptar con buen humor que ya no lo tendremos, que eso que tanto hemos añorado no es para nosotros y que llegó el momento de agradecer lo que sí tenemos.
     Por eso, porque el espiral se vuelve cada vez más estrecho y los giros son más cerrados, este 2017 quiero desearme que abrace y me abracen mucho, que bese y me besen mucho, que mi risa sea espontánea, que deje de lado la preocupación por lo que no puede ser y que me abunden el trabajo, la salud y la gente querida; que mis palmeras se mantengan siempre alegres y que mi cielo siga siendo azul.
     Y a ustedes, a los que me han leído hasta aquí, les deseo que se cumplan todos sus deseos (o, por lo menos, esos que más desean).

martes, 29 de noviembre de 2016

Maquillajes y miserias

Cada mañana, al salir el sol, nos levantamos de la cama, nos bañamos (los que bien podemos), desayunamos (también los que bien podemos) y empezamos la rutina de pintarle un paisaje a un rostro que está lleno de miserias.

     Unas horas antes de que saliera el sol, los barrenderos de la ciudad se levantaron de sus camas, se bañaron (los que bien pudieron), desayunaron (también los que bien pudieron) y empezaron la rutina de pintarle un rostro a un paisaje que está lleno de miserias.

Paso a paso, los barrenderos desdibujan la noche mientras empujan hacia las alcantarillas, o tiran dentro de los botes de basura, los restos de las evidencias: bolsas de comida rápida, colillas de cigarrillos, fumados a solas o en compañía, y condones chorreantes, prueba de una noche de amor... o de una ilusión de ser amado.


    En casa, en el auto o en el autobús, algunos de los que no barremos la ciudad nos coloreamos los baches, ocultamos con algodones los surcos dejados por la almohada y por los años y nos pintamos los labios con una sonrisa de plomo. Otros, más experimentados, encapotan con cremas y polvos el morado de la mejilla o el verde amarillento que apareció debajo del ojo y que no termina de desvanecerse .



     Las ciudades, como los humanos, se lavan, se pintan, se barren, se acicalan y se decoran para dar la sensación de que todo está bien. De que si no se muestra, el problema no existe. Las primeras a golpes de escoba y pala, los segundos con cortas pinceladas  y lápices de colores. Todo un arte en ambos casos. Porque la belleza ayuda a pasar el día. O porque, a la luz del día, la oscuridad de la noche parece muy lejana.

     A las ciudades, como a los humanos, los maquillamos para esconder miserias.

sábado, 1 de octubre de 2016

La luz y el mar


La luz es un imán que tira de mí con muchísima fuerza. Y si es la luz del sol, más aún. Y si es la luz del sol reflejada en el mar, no digamos. Y si es la luz del sol reflejada en el mar al atardecer, estoy perdida. Me atrae y me hipnotiza, y yo me rindo ante ella con la certeza y la tranquilidad que dan las posibilidades.


     Me subo al pequeño muro que da a nuestra casa la ilusión de privacidad y observo quieta, escudriñando el futuro. A mi derecha está el sol; le queda poco tiempo para iluminar este lado del mundo. Su guiño me dice que pronto se irá, pero que no me preocupe porque volverá mañana. El sol ha teñido el cielo de amarillo oro. Y el cielo se ha dejado porque se sabe hermoso.

     A mi izquierda, el día brilla todavía azul y da, a los que nos tomamos el tiempo de mirarlo, un último anhelo de eternidad.

     Veo ahora hacia el horizonte. Ha  llovido en algún lugar del océano porque un arcoiris sale de entre sus aguas, se eleva y se pierde entre las nubes -su espesura plomiza no deja ver hacia dónde va el arco de las hileras de colores.



     Me bajo de la pared pero no me alejo de ella, no le doy la espalda a la playa. No quiero perderme el espectáculo: el del mar y los tonos del agua que cambian de azul a gris con cada minuto que pasa; el de la bola de fuego -que solo a esta hora nos deja verla de frente y con los ojos abiertos-, escabulléndose detrás del espejismo de una línea recta, y el de las palmeras negras, recortadas contra el cielo dorado de otro atardecer.      

     Dentro de muy pocos minutos ese cielo se vestirá de negro. Si no se encapota, si decide regalarnos una noche clara, tendremos brillo de estrellas.


     La luz, ese imán que tira de mí con muchísima fuerza, ha vuelto a hacer de las suyas en mi ánimo. Venir a la playa me hace bien.

viernes, 12 de agosto de 2016

¿Cuánto de lo que escribimos es real y cuánto inventado?


Dicen que los escritores nos "delatamos" en nuestros escritos. Que dejamos una parte de lo que somos en cada palabra, línea e historia que contamos. Ese es un secreto que solo nosotros podemos revelar, pero no lo hacemos, nos guardamos la respuesta; decimos que lo que contamos no es real y que todos los personajes, sin excepción, son inventados. No nos importa si nos creen o no.

     Pero hay veces, solo algunas, que decidimos contar un trocito de nuestra propia historia. Entreabrimos una ventana para que el lector (si es que conseguimos que alguien nos lea) atisbe a través de ella y sepa un poco más de nosotros: de los niños que fuimos, de la ternura que nos eriza la piel o de lo que puede robarnos la risa. Dejamos salir, a través de esa pequeña o gran abertura en la ventana, un pedazo de nuestra alma.

     El relato que publiqué este año en el libro anual de la Escuela de Escritores, escuela de la que soy alumna desde hace un buen tiempo debido a mi tozudez, necedad o necesidad de aprender no solo a escribir, sino a hacerlo medianamente bien, es justamente una de esas historias de las que les hablo. En ella mezclo la realidad con la fantasía, lo verdadero con lo inventado, lo que fue con lo que nunca sucedió. 

     Lo único que sí es completamente cierto es que mi papá empezaba todas sus historias diciendo "Había una vez un niño..." y que de esa frase en adelante, su bondad y su imaginación no tenían límite. 

     A él le dediqué este cuento. No podía ser de otra manera.




Al calor del fuego
Patricia Fernández
Guatemala

Para papi, por supuesto.

Mi padre tenía el arte de convertir en fantásticas las cosas más simples. Siendo muy pequeños mis hermanos y yo, compró un terreno en las afueras de la ciudad para pasar en él los fines de semana. Al principio no era más que una enorme explanada por la que correteábamos como potrillos. Hasta que construyeron la cabaña, dormíamos en una tienda de campaña que para nosotros era tan grande como una casa. Tenía un área central en la que mi madre acomodaba los catres de mi padre y ella, y dos compartimientos laterales, más pequeños, en los que nos apretujábamos los niños. Por las noches, al calor del fuego, observábamos las estrellas y nos quedábamos dormidos escuchando las historias que papá nos contaba.
Mientras mi madre se afanaba plantando flores y grama, mi padre sembró, en la parte más retirada del terreno, un bosque de lo más diverso. Cipreses, ficus, eucaliptos, pinos, araucarias, limoneros, manzanos y muchos otros poblaron el bosque desordenado, como lo llamábamos. De nada sirvieron las quejas de mi madre, que decía que aquello se convertiría en un caos. Tuvo razón, pero resultó muy entretenido verlo crecer. No había dos árboles iguales.
Al llegar a la adolescencia la granja perdió su encanto y dejamos de ir. Sin nuestra compañía, mis padres espaciaron las visitas. Sin embargo, años más tarde decidieron trasladarse a vivir ahí de forma definitiva. Gracias a eso, volvimos a frecuentarla. Para entonces la familia había aumentado considerablemente, así  que ampliaron la cabaña para que cupiéramos todos.
Motivados por la imaginación de mi padre, la carpa grande pasó a ser el castillo medieval de los diez nietos y el bosque desordenado un espacio mágico que se transformaba de acuerdo a la aventura del día. Algunas veces, la arboleda era un país dominado por gigantes rebeldes a los que les gustaba el rock and roll. Otras, un lugar misterioso por el que se deslizaban serpientes que, escondidas entre la hojarasca, escupían a los niños. En sus carreras por huir de los reptiles peligrosos, los pequeños recibían los orines de las ardillas, que se enfadaban porque decían que en ese bosque solo ellas tenían derecho a gritar. Las escupidas y meados provenían del riego ―subterráneo y de goteo― que mi padre encendía y apagaba a capricho, ahogando su risa para no ser descubierto. Hijos y nietos estamos convencidos de que en la granja pasamos las mejores vacaciones de nuestras vidas.
Pero lo que más recordaremos serán las historias que mi padre nos contaba, primero al  calor de la fogata y luego al de la chimenea. Cada una de ellas, sin excepción, empezaba con la misma frase. Bastaba con escucharle decir: «Había una vez un niño» para que corriéramos a sentarnos a su alrededor. A partir de esa oración mi padre inventaba relatos maravillosos. Su magia consistía en adaptar la historia a la situación que vivía alguno de nosotros. Así, escuchamos cuentos de niños que se rompían los huesos al golpearse contra una almohada; pequeños olvidados durante semanas en casa de algún amigo, o cocodrilos que robaban dientes de leche para pegárselos en su propia boca y así morder mejor a los despistados que se acercaban al río. Sus relatos aligeraban las cargas.
Un día en el que yo me sentía especialmente desanimada por el mal momento que Adrián y yo estábamos pasando, propuse ir a la granja a pasar el fin de semana, pero él se negó. A pesar de las protestas de nuestros hijos, no quise insistirle. Me vendrían bien un par de días sin él. Necesitaba pensar. Decidir.
Al vernos llegar mi padre me miró inquisitivo, preguntó por mi esposo y como pareció contentarse con la respuesta vaga que le di, pensé que lo había engañado.
Sin ponernos de acuerdo, los cuatro hermanos llegamos ese fin de semana. La cabaña se llenó con el olor a comida caliente, los chillidos de los niños subiendo y bajando las escaleras a todo galope y el crujir de los leños que se quemaban lentamente. Pasé el sábado sentada frente a la chimenea, cubierta con una manta y el libro cerrado sobre mi regazo.
Al anochecer, mi padre se acomodó en un sillón cercano al mío y, sin ningún preámbulo dijo: «Había una vez un niño que quería ser árbol». Los nietos se acercaron a escuchar otra de sus maravillosas y cándidas historias. Incluso yo olvidé la taza de chocolate que me calentaba las manos. Al terminar el relato preguntó al aire qué árbol le gustaría ser a cada uno y por qué. Los niños se apresuraron a responder:
―Yo, eucalipto ―dijo una―, para tener uñas plateadas.
―¡Yo, pino! ―gritó otro―, para tirarles piñas a los chuchos que me orinen encima.
―Tú, limonero ―agregó mi hermano mirando a su mujer―, por ácida.
En medio de las risas escuché la voz de mi padre:
―Y a tí, Ana, ¿qué árbol te gustaría ser?
―¿Yo? No sé, papi. No quiero jugar ―dije con desgano.
―¡Sí, mami! ―gritó mi hijo pequeño― ¿qué árbol del bosque desordenado serías tú?
―El árbol que yo sería no está en el bosque desordenado ―respondí, cayendo en el juego.
―¿No está? ―preguntó mi hermana, irónica― ¿Falta alguno?
―Si yo fuera árbol, sería palmera ―sentencié, muy seria.
―¿Palmera? ―preguntó mi sobrina― ¿Porque siempre estás despeinada?
La carcajada fue general.
―Sí, por eso ―respondí, enseñándole la lengua―, pero también porque son desenfadadas y siempre están contentas. Pero, sobre todo ―dije, mirando a mi padre―, porque cuando vienen las tormentas las enfrentan con valentía. Se doblan ante los fuertes vientos, pero hace falta algo más bravo que un huracán para arrancarlas de raíz. Y luego, cuando la tormenta pasa, se enderezan, se estiran, sacuden sus hojas y vuelven a ser felices.
―Hasta que llega la siguiente tormenta ―agregó mi padre, fijando los ojos en mí.
―Hasta que llega la siguiente tormenta ―repetí, sosteniendo su mirada―. Mientras tanto, se divierten tirándoles cocos a los niños que las molestan ―terminé, lanzando un cojín a mi sobrina.