jueves, 19 de abril de 2018

El verdadero valor del tiempo

Hace ya algunos años, en la cúspide de mi juventud, cuando mi vida giraba alrededor de mis hijos, mi marido, mi casa, mi trabajo, mis amigos, mis papás, mis suegros y no sé cuántas otras personas y actividades que la memoria me ha regalado el lujo de olvidar, tenía las horas tan contadas que vivía pendiente del reloj para aprovechar cada minuto del día. Planificaba mis actividades de semana en semana y tachaba de desorganizadas a las  mujeres que no tenían ni idea de lo que harían al día siguiente. 
     Uno de esos días, al salir de la oficina y ver el reloj, me di cuenta de que, si me apuraba, tendría media hora para comprar en el supermercado algunas cosas que necesitaba. 
     Contenta —porque contar con treinta grandes minutos para avanzar en mis quehaceres me hacían sentir feliz— enfilé hacia el lugar. 
     Tomé una carreta y entré al lugar taconeando con precisión, al tiempo que me decía: «Treinta minutos. Tienes treinta minutos». Como conocía bien la tienda no perdería tiempo buscando los productos. Sabía exactamente dónde estaba cada cosa.
     Con lo que no conté fue con el pequeño kiosko de café gourmet que habían colocado al fondo del lugar: una isla bonita en medio del ambiente frío e impersonal del supermercado. 
     La debilidad que sentía y siento por el café le ganó la batalla a mi eficiencia. Mi mente de ejecutiva calculó que si me movía con rapidez, podría tomarme un café y hacer la compra al mismo tiempo. 
     Mientras avanzaba hacia el kiosko me fijé que el dependiente charlaba animadamente con una clienta que tenía frente a ella una taza de loza blanca. Se notaba que lo estaban pasando muy bien. La señora debía de tener más o menos la edad que tengo yo ahora. 
     Recuerdo que pensé, levantando una ceja, que la pobre mujer —sí, ese fue el adjetivo que le di— no tenía nada mejor que hacer con su vida que tomarse un café en un supermercado.
     Me detuve frente al mostrador, saludé a la señora con una sonrisa rápida y me dirigí al dependiente:
     —Buenos días. ¿Me podría dar un capuchino para llevar, por favor? Fuerte y con dos de azúcar.
     —¿Para llevar? —repitió el joven.
     —Sí. Para llevar. Tengo un poco de prisa —dije para que se apurara.
     La señora me miró de arriba abajo en silencio y luego, para mi sorpresa, se dirigió al dependiente:
     —Sírvale el café en una taza de verdad.
     Yo la miré extrañada. ¿Se estaba refiriendo a mi café?
     —El café se toma sentada y en taza. —Me dijo dando una palmada al asiento que estaba a su lado—. Siéntese aquí, patoja, y disfrute el momento.
     Mi mirada cambió a incrédula. La mujer estaba interfiriendo en mi vida y en mi tiempo. No sabía si ofenderme o responderle, con una amabilidad que no sentía, que yo tenía una vida muy ocupada y que ella no era quién para decirme cuándo, dónde y cómo debía yo beberme un café. Sin embargo, antes de decir nada volteé a ver mi carreta vacía, la empujé un poco hacia un lado y me senté en el asiento que me había indicado. No sé si mi reacción se debió a que fui educada para obedecer a mis mayores o a un evento sobrenatural, pero la cosa fue que no pude negarme. Esperé en silencio mientras el dependiente cumplía con el ritual de prepararme un capuchino doble, con azúcar.
     Lo demás fue una lección de vida: pasé la siguiente media hora conversando con dos personas completamente extrañas y ajenas a mí, riéndome y disfrutando cada minuto. Cuando terminé el café y me levanté para continuar con mis obligaciones, me sentía ligera y relajada. 
     Por supuesto, no compré nada. Dejé la carreta abandonada en un rincón del supermercado y me fui a mi casa con la sensación de que le había ganado al día bastante más que treinta minutos extras.

.

Patricia Fernández
Abril, 2018

jueves, 8 de marzo de 2018

Recuperar la cortesía

Una de las cosas que más tiempo ocupa en las conversaciones cotidianas de los guatemaltecos es el tráfico. No hay un solo día que no escuchemos o hagamos un comentario sobre esto que para muchos de nosotros se está convirtiendo en una obsesión.  Tengo amigos que aunque sepan perfectamente a dónde van, no salen de su casa sin conectarse a Waze solo para saber cuántos minutos u horas de sufrimiento les esperan. 
     Hace unas semanas me encontraba yo atrapada en las calles de la zona diez, intentando llegar al bulevar de Vista Hermosa. Desesperada porque me había tomado más de una hora recorrer tan solo dos kilómetros, pedí ayuda a  San Waze quien, solícito, me guió hasta la octava avenida. No me fue nada mal hasta que me acerqué a la esquina de la segunda calle "A". Solo me faltaba una cuadra y media para llegar al bulevar. Si estiraba la cabeza, podía ver que, en la calzada, el tráfico fluía bastante bien. Me alegré de mi suerte hasta que me percaté de que la cola en la que yo estaba no avanzaba casi nada. Los minutos pasaban sin que se moviera más que unos pocos metros. No comprendí qué sucedía hasta que estuve de tercera en la fila y pude analizar la situación (eso de bueno trae el tráfico denso: nos obliga a ser más observadores para no morir de aburrimiento o desesperación). 
     El problema radicaba en que las almas que circulábamos por la octava avenida teníamos el alto frente a los que venían por la segunda calle "A". Por supuesto, cada vez que uno de los carros lograba incorporarse al bulevar y dejaba un espacio libre al final de la cola, el vehículo que estaba en la segunda calle se apropiaba rápidamente de dicho espacio. Lo mismo sucedía con el siguiente, y con el siguiente, y con el siguiente hasta que el vehículo que estaba en primer lugar en la esquina de la octava se lanzaba dispuesto a todo y bloqueaba la intersección, aceptando de mejor o peor manera los bocinazos y maltratos de los «suertudos» que llevaban la vía. 
     Mi caso no fue la excepción. Cuando por fin llegué al primer lugar de la cola, esperé tres carros y, antes de que el cuarto ocupara el último lugar de la siguiente fila, aceleré y, como todos los demás, bloqueé el paso y me apoderé del espacio libre. A mí tampoco me faltaron los adjetivos y bocinazos correspondientes, pero cuando uno va en medio de un tráfico tan poco amigable llega un momento en el que ya nada importa, lo único que se  quiere es avanzar.
     Pocos minutos después logré incorporarme al bulevar, circular y llegar a mi casa. 
     En el camino me puse a pensar en la falta de cortesía que derrochamos la mayoría de los guatemaltecos al manejar, sobre todo cuando se refiere a ceder el paso a otro vehículo. En el momento en que sentimos que alguien se va a poner delante de nosotros, apretamos el acelerador de tal forma que incluso nos arriesgamos a chocar contra el bómper del carro de adelante. 
     Y es ahí dónde yo me pregunto: ¿por qué los chapines no adoptamos la cultura del uno por uno? 
     Esta cultura consiste en dar paso cuando, por alguna razón, dos carriles se cierran y forman uno solo y, en vez de lanzarnos como leones a defender nuestro espacio en la fila, dejamos que pase el primer carro que está a nuestro lado. Una vez pasó ese auto, es nuestro turno y luego le toca al que va detrás nuestro para volver a empezar. Lo mismo sucede en los cruces, si todos sabemos que pasaremos en algún momento ninguno va a bloquear las intersecciones.
     ¿Se entiende lo que quiero decir? ¿Había escuchado antes esto del «uno por uno»? Estoy segura de que si pusiéramos en práctica esta pequeña muestra de civismo, nuestra vida sería más agradable (por lo menos en el tráfico).


Patricia Fernández
Marzo, 2018



     
    

jueves, 1 de febrero de 2018

De silencios y costuras. De libros y escritura

La vida nunca deja de sorprenderme. Cuando pienso que la tengo bajo control, que el momento que estoy viviendo me pertenece en su totalidad, que soy dueña del tiempo y que estoy bailando con muy buen ritmo, se acerca a mí por la espalda, me toca el hombro con suavidad y me recuerda que todo, absolutamente todo, puede cambiar en un solo segundo. Y no estoy hablando de grandes tragedias o pequeñas desgracias, solo de lo volátiles que son los minutos y que lo que hoy consideramos permanente puede darse la vuelta y convertirse en cualquier otra cosa, desde una buena noticia que consigue arrancarnos la más bella de nuestras sonrisas; esa que según nosotros no tenemos porque suponemos que sonreír es un acto voluntario, 
hasta un contratiempo que nos destantea y confunde de tal forma que pasamos varios días viendo las cosas a través de una nube de agua. 

     Y es entonces, en esos momentos de desconcierto, de pérdida de ritmo y confusión que me obligo a detenerme y volver a casa, por ponerle un nombre a ese mundo que vive dentro de mí y que es completamente independiente y ajeno a los ruidos, al miedo de quedarme sola, a mis inseguridades, al rechazo que siento por el tráfico que nos está aislando y a la pena, la frustración y la furia que me dan esos seres deshumanizados que están devorando una tierra que nos pertenece a todos. Volver a casa es retomar las temporalmente abandonadas tardes de silencio que me permiten escucharme, es recordar la maravillosa sensación que da tener un libro entre las manos y leerlo tumbada en el sofá con los piernas apoyadas en su respaldo; es volver al té de frutas que me reconforta y a las agujas de costura que, con su «Clic, clic. Clic, clic», me devuelven el ritmo y la armonía. 
     Hoy fue un día de esos, de silencios y costuras, de libros y escritura. Debo confesar que me hacía falta y que, al final, he decidido que como en la famosa frase de la película Lo que el viento se llevó, me agrada pensar que mañana será otro día. 



Patricia Fernández
Febrero 1, 2018
      

lunes, 8 de enero de 2018

Ser y tener familia

Se acabó un año que casi no sentí pasar. Lo viví como quien viaja en un tren de alta velocidad, aminorando la marcha en algunas estaciones sin por eso bajarse de él. El último día del año por fin pude detenerme, tomar el mucho o poco equipaje que llevo conmigo y bajarme a tomar aire, aunque solo fuera por un rato. En la estación de arena negra en la que descendí el sol estaba bajo, muy cerca de esa línea, aparentemente recta, que separa el aire del agua.

     Sin hacer mucho recuento sé que este fue un año de familia. Diferentes circunstancias me llevaron a pensar mucho en ese vínculo que une a los seres humanos. A mediados de año viajamos como no lo hacíamos desde que éramos pequeños: con mi madre viendo por nosotros. Mis hermanos y yo volvimos a ser niños, a ocupar el lugar que teníamos antes de que cada uno formara su propia familia, su propio hogar. No pudimos ir todos. Durante este viaje comprendí que las familias no pueden hacer todo juntas y que, como bien dice mi madre: «Cada quien es uno y su circunstancia». 

     Mi padre fue el gran ausente. No compartió con nosotros el paisaje que aprendí a amar a través de su mirada: el mar y su calma, el mar y su fuerza, el mar y su belleza, el mar y su azul. Creo que él hubiera disfrutado más que nadie la semana que pasamos navegando en las aguas más bellas que he visto hasta ahora, compartiendo en familia un pedacito de vida. Lo extrañé mucho esos días. No fue suficiente saber (o creer) que estuvo con  nosotros, que compartió la asombrosa maravilla de ver, apoyados en la barandilla de proa, cómo nos alejábamos de la majestuosa isla de Rodas o como la luz dorada del atardecer bañaba la isla de Simi y su pequeño pueblo turístico. Sé que se burló cariñosamente de mí cuando me escuchó decir que para que el mar fuera de ese azul perfecto había sido necesaria una mano mágica que lo vaciara, pintara su fondo y volviera a colocar el agua en su lugar. Sé también que le hubiera gustado mucho saber que, para mi hermano pequeño, solo otro viaje de su vida ha sido tan fabuloso como este. Me hubiera gustado abrazar a mi padre, compartir cada minuto del viaje con él, escucharlo reírse de sus nietos y con sus nietos, decirle que, imperfecciones aparte, él y mi madre hicieron un buen trabajo. Mi madre, que se encargó de regalarnos un viaje que estoy segura hubiera preferido organizar con mi padre al lado.

     El 31 de diciembre de 2017 volvimos a reunirnos otra vez a la orilla del mar. Como en el viaje de junio, tampoco estuvimos todos, pero yo ya tenía la lección aprendida: no siempre vamos a estar todos, lo importante es que los que estemos lo pasemos bien y compartamos juntos. Ese día no faltaron, por supuesto, los hermanos y sobrinos que, aunque no llevan mi sangre, forman una parte muy sólida de quién he llegado a ser: treinta y no sé cuántos años compartidos tejen un lazo tan fuerte como el de la herencia porque, como he dicho en otras ocasiones, cuando tienes suerte, cuando a la vida le da por ser buena contigo, los amigos y cuñados pueden convertirse en familia.

     A todos, a los que estuvimos y a los que faltaron, nos quiero desear un año mejor que el que terminó. Espero que nuestros sueños vuelen en las alas de un barrilete y que veamos juntos muchos últimos atardeceres, muchos finales de año y muchos inicios del siguiente; que sigamos cantando y bailando la noche vieja —y la noche antes y la de después—, pero sobre todo nos deseo la unión, la complicidad y la maravilla de ser y tener familia.


Patricia Fernández
8 de enero de 2018

viernes, 1 de diciembre de 2017

La vida, efímera hasta la muerte

Creemos que somos, o nos hemos vuelto, indiferentes a la muerte. Jugamos con ella, la ignoramos como quien ignora a un amante seguro, a ese que sabemos que nunca nos dejará porque cree que su vida depende del simple hecho de respirar nuestro mismo aire. Además, no contentos con ignorarlo, consideramos que si merece algo de nosotros es nuestra ironía y nuestra displicencia.

     Hasta que llega el día en que la muerte pega cerca, su guadaña nos despeina el flequillo y el silbido de la bala pasa tan cerca de nuestra oreja que lo escuchamos con la misma intensidad que un grito desgarrador. La noticia de la muerte de alguien cercano a nosotros nos sorprende, nos abruma y nos aturde a tal grado que pasan varios minutos antes de que tomemos la decisión de actuar, de correr hacia esos seres queridos para ofrecer el poco apoyo que se puede brindar en esos momentos.

     La tarde del martes 31 de octubre había decidido quedarme en casa para evitar dos tráficos: el del día de brujas y el del 1 de noviembre. Me negué a engrosar las filas de vehículos moviéndose a menos de un kilómetro por hora. Quería pasar una velada tranquila. 

     A las siete de la noche revisé mis mensajes del teléfono. Uno de ellos me dejó helada. Por el chat del whatsapp, un amigo cercano nos daba la noticia de que a las seis de la tarde habían matado en un bus a una joven que trabajaba en la colonia donde yo vivo. Había salido del trabajo rumbo a su casa y casi no había terminado de subir a la camioneta cuando unos tipos dispararon a quemarropa. Querían matar al chófer por no pagar la «multa», la extorsión.  
     
     Lo que este amigo no sabía cuando nos dio la noticia era que yo había visto crecer a esta joven de 37 años. Su familia ha tenido, desde que yo era casi una niña, una relación muy cercana con mi familia. Su mamá trabajó con mi mamá y luego, cuando nació mi primera hija, conmigo. Me ayudó a cuidar a mi bebé mientras yo trabajaba en una oficina. Para facilitarnos la vida, ella llevaba a su bebé a mi casa, así que las dos niñas pasaron juntas los primeros años de su vida.

     Al crecer, esta niña estudió secretariado y al graduarse me pidió que la ayudara a conseguir trabajo. Así lo hice y trabajó en la capilla de nuestra colonia durante casi veinte años. Me daba mucho gusto verla tan sonriente, serena y responsable. Cuando se casó fuimos a su boda. Tuvo dos hijas.

     La sacudida de dolor que sentí al leer el chat fue como un puñetazo en la boca del estómago. Me quedé sin aliento. Recuerdo que fui a la sala para contarle a mi esposo lo que había pasado. Le dije que quería ir al lugar donde estaba la joven y, seguramente, la familia. Me dijo que no, que solo estorbaríamos. Me senté en el sofá, me volví a levantar. Di dos vueltas por la sala. Caminé hacia la cocina y regresé a la sala. Miré a mi esposo, tomé las llaves de mi carro y me fui sola.

     Llegué al lugar. No había mucha gente. El bus ya estaba rodeado por la cinta amarilla y la policía y personeros del ministerio público tomaban nota y vigilaban al público. Busqué a la familia pero solo estaban dos primas de la joven. Me dijeron que a su abuela se la habían llevado, presa de un ataque de nervios. Regresé a mi carro.

     Subí a pie por el estrecho callejón y llegué a la casa, ya llena de familiares, amigos y vecinos. Gente solidaria a la que no le importa estorbar un poco. Abrí el pequeño portón y entré al patio. Ahí estaba la madre. Nunca olvidaré su cara al verme ni sus palabras cuando me abrazó, llorando: «Mi niña. Me robaron a mi niña». La gente que nos rodeaba vio a dos madres compartiendo el dolor más grande al que puede enfrentarse una mujer: la muerte violenta de un hijo. 

     En el rato que estuve ahí, intentado ayudar, intentado no estorbar, haciendo compañía consciente de que en esos momentos no hay palabras que consuelen, recapacité que cuando una persona muere no muere sola: los padres se quedan sin hija, las hijas se quedan sin madre, el marido sin esposa, los hermanos sin hermana, el tío sin sobrina, la madrina sin ahijada, la prima sin prima, la cuñada sin cuñada, la amiga sin amiga, la hermana sin hermana.

     Es solo cuando la muerte nos pega tan cerca que nos damos cuenta de que no solo muere quien muere; en ese caos, en esos pésames, en esos abrazos sin consuelo, en los pasos lentos camino al cementerio, en el momento en que los sepultureros tapan la tumba con cemento, comprendemos que un trozo de nosotros se quedará adentro del nicho, acompañando a la persona que amábamos. 

     Durante varios días lloré por la muerte total de la joven y la parcial de los padres, hermanos, hijas, esposo, abuelos, amigos, primas y todos los que la queríamos. Lloré por todas las muertes que no había llorado porque no conocía a las víctimas. Lloré de tristeza, de impotencia y de rabia porque, en medio del desconsuelo, la madre me dijo otra frase que tampoco voy a olvidar: «Lo más triste de todo, es que el asesino dormirá tranquilo». Tenía razón, en este país sin justicia los asesinos duermen tranquilos.

     La muerte nos acerca al abismo, nos abre los ojos ante una realidad que nos negamos a ver:  cuando una persona inocente muere violentamente, una familia se destroza, se parte en mil pedazos, se desploma, cae rota por el dolor. Los que estamos cerca los vemos consternados, no sabemos qué hacer. Nuestra precaria estabilidad se tambalea, trastabillamos y caemos al suelo donde nos quedamos unas horas, unos días, o unos meses —depende de qué tan cercanos estemos de la familia— hasta que nos damos cuenta de que, con o sin nosotros, la vida seguirá adelante. Entonces nos levantamos, nos sacudimos el polvo y seguimos viviendo. O, por lo menos, eso creemos.

Para Ani




Patricia Fernández
Noviembre, 2017

   
     

sábado, 28 de octubre de 2017

«Cosas veredes, Sancho»


Este año, los guatemaltecos conmemoramos que hace 50 años un compatriota ganó el Premio Nobel de Literatura: Miguel Ángel Asturias. Don Miguel Ángel nació en Guatemala el 19 de octubre de 1899 y murió en España el 9 de junio de 1974. Diferentes instituciones organizan eventos culturales para celebrarlo, y revistas y periódicos han publicado incontables artículos para elogiar y aplaudir a uno de los hombres que han marcado nuestra historia. Porque no es para menos,  a Asturias se le considera, entre otras cosas, uno de los más importantes precursores del boom latinoamericano. Fue, además, el tercer escritor americano (no estadounidense) en ser merecedor de este honor. 

 Seguramente, Miguel Ángel Asturias merecía el reconocimiento y no estoy en contra de ello. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme cómo ha influido este premio en la vida diaria de los guatemaltecos. El Teatro Nacional lleva su nombre, el Premio Nacional de Literatura, también, pero ¿qué más? Si hacemos un censo, ¿cuántos guatemaltecos han leído alguna de las obras de Asturias?, ¿cuántos saben quién fue?, ¿cuántos siquiera lo han oído mencionar? ¿Cómo ha contribuido este premio para que  los chapines intentemos  ser ciudadanos esforzados en sacar adelante esta patria nuestra? 

     Siempre me ha parecido una paradoja que en un país donde la educación y la lectura no son prioridad y los altísimos niveles de violencia y criminalidad no dejan que termine una guerra que duró poco más de 36 años, Guatemala ostente el honor de tener un Premio Nobel de Literatura y un Premio Nobel de la Paz. 

     Así como hace unos días me sorprendí al leer que la frase con la que titulo este artículo no salió de los labios de  don Quijote de la Mancha, sino que se remonta al Cantar del Mío Cid, cuando don Rodrigo Díaz de Vivar le dice al rey Alfonso VI: «Muchos males han venido por los reyes que se ausentan...» a lo que el monarca le responde: «Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras», y que de ella derivó la oración que luego se le adjudicó a Miguel de Cervantes Saavedra, así me sorprende Guatemala.

Patricia Fernández
Octubre, 2017

     


    

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Música para el ánimo triste

Guatemala no está para fiestas. Desde hace días, meses o quizás años, el ánimo de los guatemaltecos no es el mejor del mundo. Cierto es que disfrazamos nuestro sentir con «memes» y bromas que, aunque simpáticos y ocurrentes,  no esconden totalmente nuestra desazón y nuestro sentimiento de pérdida. Porque eso es lo que sentimos muchos de nosotros: que nos estamos quedando huérfanos de patria porque, como un barco agotado, nuestro país hace aguas  por los costados. Los golpes de la corrupción y los embistes de la falta de sentido patrio y el desamor por la única tierra que tenemos han hecho mella en su frágil estructura. Guatemala navega contra corriente y sin timón, intentando sortear una tormenta a la que no se le ve tregua.

     Sin embargo, en medio de ese caos, de ese ánimo triste con el que vivimos, todavía hay momentos de luz y de calma.
     Ayer tuve la oportunidad de escuchar a la orquesta sinfónica infantil y juvenil de Santa Cruz Balanyá, un pequeño municipio del departamento de Chimaltenango. El grupo de niños, orquestados por su maestro, el profesor Edras Patá, y con la colaboración del Sistema de Orquestas de Guatemala (SOG), dieron un concierto con la finalidad de reacaudar fondos y conseguir patrocinios para que los niños puedan seguir estudiando música. Fondos que ayudarán a la orquesta a mantenerse a flote, a no naufragar.

     Al apagarse las luces, un grupo de jóvenes, cuyas edades oscilaban entre los siete y los diecisiete años, subieron al escenario llevando con ellos sus violines y chelos; se sentaron muy rectos y confiados, afinaron sus instrumentos, acomodaron las partituras y empezaron a tocar.  Palladio y la sinfonía No. 1 para cuerdas de Mendelssohn flotaron por el salón. Frente a mí, sentado junto a su madre y su hermanito, un pequeño jugueteaba con el arco del violín, esperando su turno para mostrarnos cuánto había aprendido. No perdí de vista a la madre a lo largo de todo el concierto: con una mano palmeaba a su niño pequeño, aquejado por una tos seca, mientras con la otra tomaba fotos con un teléfono celular que no parecía dominar muy bien. 
      Al terminar de tocar una pieza llamada «Darwall», cuyo arreglo fue hecho por el maestro Patá, los más pequeños dejaron sus instrumentos, se pusieron de pie al fondo del escenario y cantaron a coro el himno de la UEFA Champions League pues, como nos explicó el profesor Edras, los niños de Santa Cruz Balanyá aman el futbol, por lo que combinan una hora de práctica musical con dos de deporte. 
  
     Como dijo la directora de SOG, Rossana Paz Pierri, la música sensibiliza, despierta lo mejor del ser humano. Y eso hicieron los niños y jóvenes del SOG y de Santa Cruz Balanyá: consiguieron que el  público asistente tuviera, por unos instantes, la esperanza de que Guatemala puede ser. 



Patricia Fernández, 
Septiembre, 2017

lunes, 18 de septiembre de 2017

Sentir lo mismo dos veces


Esta es la segunda vez que leo esta novela. Esta es la segunda vez que al terminar de leer me he quedado en silencio, intentando contener el desaliento que me atraganta el alma. Esta es la segunda vez que me he quedado admirada por los sentimientos que puede despertar un escritor cuando cuenta bien una historia.
     Hoy quiero hacer mías las palabras de Valeria Luiselli: «Hay ciertos libros -muy pocos- que nos dejan con la sensación de haber tocado un fondo del cual no podemos ni queremos salir siendo el mismo lector. "Del color de la leche" es uno de esos libros».

Patricia Fernández
Septiembre, 2017

martes, 29 de agosto de 2017

¿Por qué en los días de lluvia me siento un poco más bueno?

Para Gonzalo. Y para los niños que fuimos.


Las torres de Nuremberg no fue solo uno de los muchos libros que mi mamá compró para nosotros, fue uno de los que más iluminó mi niñez. En ese momento, a mí no me importaba quién podía ser el autor: José Sebastián Tallón. No  me enteré que había nacido en 1904 y que había muerto en 1954, pocos años antes de que la cigüeña blanca me trajera cubierta con un ala. Tampoco me preocupó saber que fue considerado el primer poeta argentino que escribió para niños. Lo único que me interesó fue leer sus versos.
     El libro que teníamos en casa era muy bello (o así lo recuerdo yo), de pasta dura y dibujos acuarelados. Lo tuvimos por años, leí sus versos no una sino muchas veces, algunos incluso llegué a saberlos de memoria. En algún momento de mi adolescencia y sin saber bien cómo, el libro fue a parar a otras manos. Me quedé sin mis acuarelas, sin mis versos y sin mi autor. Durante años, algunas de las conversaciones de sobremesa en casa de mis padres trataron sobre el libro y la triste manera en que lo habíamos perdido. Mis hermanos y yo lo extrañábamos mucho. Los versos fueron cayendo en ese rincón del alma donde se guardan los recuerdos más bonitos. Los olvidamos un poco, no podíamos recitarlos completos.
     Años después, ya con tres de mis cuatro hijos nacidos, mi hermano pequeño apareció un día en casa. Me entregó un paquete al tiempo que exclamaba con la sonrisa en las manos: «¡Mira lo que encontré para ti!» Abrí el paquete con curiosidad, sin saber qué había dentro. Del envoltorio salió un ejemplar de Las torres de Nuremberg. No era igual al que teníamos en casa, estaba  desgastado por el uso que le había dado alguien más y no tenía un solo dibujo. En la última página decía que el libro había sido impreso en Buenos Aires, en el año de 1952. A mis ojos, era una joya. Pasé las páginas con delicadeza. Todos los versos estaban ahí, no faltaba uno solo de los que yo había creído olvidar. Ese libro ha sido uno de los regalos más bonitos que he recibido en mi vida, no solo por lo mucho que  lo había añorado, sino porque mi hermano supo lo que significaría para mí.
      Mis hijos crecieron escuchando los poemas de J. S. Tallón. Una de mis hijas todavía puede recitar completo el verso de La vaquita Clarabele. Los cuatro saben que existe una ciudad llamada Nuremberg, no la alemana de la que todos hemos oído hablar sino otra, la que "tiene mil años y quinientas torres y en cada torre suena una campana". Saben que cuando llueve escuchamos al Sapito glo-glo-glo, que Rapa tonpo cipi topo es como se pronuncia ratoncito en jerigonza y que "el grillito lindo que se esconde aquí, cuando yo lo busco calla su violín".    
     Podría transcribir aquí todos los poemas del libro, pues no hay un verso más bonito que otro, pero quiero contarles el que quizá despierta más la imaginación de los niños o, por lo menos, el que despertó la mía: 


La canción de las preguntas

¿Por qué no puedo acordarme
del instante en que me duermo?
¿Por qué nadie puede estar
sin pensar nada un momento?

¿Por qué, si no sé qué dice
la música, la comprendo?
¿Quién vio crecer una planta?
¿A qué altura empieza el cielo?

¿Por qué a veces necesito 
recordar algo y no puedo,
y después, cuando me olvido
que lo olvidé, lo recuerdo?

¿De qué color es la luna?
¿Por qué no hay ángeles negros?
¿Por qué no puedo correr
cuando me corren en sueños?

¿Por qué hay gallinas que cantan
como los gallos? ¿Y es cierto 
que hay relojes que se paran
cuando se mueren los dueños?

Y el pelo, ¿cómo nos crece?
¿por cuál de sus dos extremos?
Y los peces, cuando duermen,
¿tienen los ojos abiertos?

¿Por qué decimos con jota
mojca, rajgo, mujgo, frejco?
Y el gato, ¿sabe que es él
cuando se ve en el espejo?

¿Y sabe alguien en dónde
y cómo y cuándo, vivieron
los treinta y dos abuelitos
de sus ocho bisabuelos?

¿Y podrá decir, quien pueda
contestar a todo esto,
por qué en los días de lluvia
me siento un poco más bueno,

y lo que piensan las vacas
que rumian en el silencio
del atardecer, echadas
y tristes, mirando lejos?


Patricia Fernández
Agosto 2017

     


viernes, 28 de julio de 2017

Leer para escribir


Alguien dijo una vez que hay muchos lectores que no escriben, pero no existe un solo escritor que no lee. 

     La vida se va dando. Un paso después de otro. Un día, alguien te llama escritora. Palabra grande para quien, como yo, empezó a escribir nada más por la curiosidad de saber de dónde obtienen los autores las historias que nos cuentan, o porque sentía que si no sacaba lo que tenía dentro, reventaría como una olla de presión llevada al máximo de su capacidad. Escribir ha sido una forma de expresarme, de plasmar en un papel, en un cuaderno o en la pantalla de mi computadora lo que no sé decir cuando hablo. 
     
     Estoy completamente segura de que no habría logrado escribir si no fuera lectora. Sin todos esos libros que me han acompañado a lo largo de los años; sin esas horas enteras vividas en silencio, sola, apoltronada en un sofá o metida entre las sábanas tibias de la madrugada; sin la delicia de hacer sala de espera en la clínica de algún médico, agradecida porque todavía no me llega mi turno de pasar a consulta o tumbada a la orilla de una piscina, ajena al bullicio de la gente o aprovechando los segundos que tardaba un semáforo en cambiar de rojo a verde -eso ya no lo hago porque el trámite de ponerme y quitarme las gafas de ver es demasiado engorroso-. Sin todos esos ratos pasando una página tras otra, metida en una historia que  disfrutaba o sufría como si fuera la mía; sin todas esas tardes que dejé de hacer cosas que posiblemente eran urgentes, pero perdían importancia ante mis ganas de leer; sin todos esos momentos en los que al pasar la última página de un buen libro me he aferrado a él para retrasar unos minutos el instante en el que tengo que cerrarlo y decirle adiós, despedirme como lo haría de un amigo entrañable al que no volveré a ver en muchos años; sin los nervios culpables de entrar a una librería y saber de antemano que no saldré de ella sin haber comprado un libro, aunque eso apriete más mi llegada a fin de mes; sin las libreras que hacen de mi casa un hogar más acogedor; sin mi necedad de intentar que alguien más lea ese libro maravilloso que acabo de terminar... 

     Sin todas esas experiencias vividas, sin todos esos libros leídos, sé que hoy no sería quien soy, no pensaría como pienso, no opinaría como opino, ni escribiría lo que escribo.

https://www.facebook.com/poderosasgt/videos/987025274769966/

Patricia Fernández


Julio, 2017